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13 dic. 2011

El pródromos, ese jinete que se adelanta

La mayoría de la población ajena al mundillo médico seguramente no habrá escuchado nunca la palabra pródromos. El pródromos es el conjunto de síntomas que aparecen al inicio de una enfermedad y que son la antesala de los verdaderos síntomas definitorios del proceso en cuestión. Por ejemplo, una hepatitis vírica se inicia con una serie de síntomas inespecíficos (malestar general, dolores articulares y muscular, sensación de cansancio importante, febrícula, cefalea, náuseas y vómitos...) que duran aproximadamente una semana, para después hacer su debut los síntomas clásicos y típicos de la enfermedad (ictericia mucocutánea, coluria y acolia, que son las orinas oscuras y las heces claras producidas por el subidón de bilirrubina).

¿Y por qué ese nombre tan raro?

Pues nada más ni nada menos que por el ejército de Alejandro Magno. Los prodromoi eran los exploradores, cuatro escuadrones de caballería ligera, encargados de las operaciones de rastreo en plena avanzadilla. Así que el pródromos tomó el nombre puesto que son síntomas que se avanzan a los que sería la enfermedad en sí para darnos la alarma de que algo no va bien.

6 dic. 2011

¿Podrán ponerme la epidural si llevo un tatuaje lumbar?


Esta es una pregunta recurrente en las consultas de obstetricia y en la mismísima sala de partos, ya que hace unos años el tatuaje en la zona lumbar se puso de moda entre las adolescentes añosas, que ahora empiezan a tener hijos. Para poder contestarla, primero es necesario saber alguna cosilla sobre cómo se hacen los tatuajes y las punciones lumbares (para hacer anestesia epidural o sacar líquido cefalorraquídeo).

La tinta del tatuaje no se inyecta en la epidermis (la capa superior de la piel que vamos cambiando a lo largo de toda la vida y que se renueva una vez al mes). Por el contrario, se inyecta en la dermis, que es la segunda capa de piel más profunda. Las células de la dermis que son más estables fagocitan las moléculas de pigmento, por lo tanto, el tatuaje es prácticamente permanente, aunque con el tiempo perderá color (debido a la muerte de las mismas) y el dibujo se irá deformando según la pérdida de elasticidad de la piel. 

Así es como se distribuyen la tinta del tatuaje con el tiempo.

Para hacer una punción lumbar, hacemos servir unas agujas especiales, que tienen un mandril en su interior. El mandril es una barilla metálica que rellena el interior de la aguja; esto es necesario, puesto que si pincháramos con la aguja hueca, al atravesar la zona lumbar con toda esa cantidad de piel, músculo y ligamentos, la aguja quedaría obstruida de tejido y no podríamos ni introducir fármacos ni sacar líquido cefalorraquídeo. El problema es que, con el mandril, el tejido desplazado se introduce en el espacio subaracnoideo (donde se localiza el líquido cefalorraquídeo y donde nos interesa que llegue la aguja). Esta situación no es preocupante en el caso de piel sana, pero los anestesistas piensan que, en el caso de que el tejido contenga pigmentos, se puede generar una reacción a cuerpo extraño que, en el espacio subaracnoideo, se traduciría en un quiste epidérmico (ya que los macrófagos y otras células inmunitarias forman una especie de pelota celular intentando aislar el cuerpo extraño) o una aracnoiditis química (por irritación de la aracnoides, que es la segunda meninge que rodea el sistema nervioso central y debajo de la cual se encuentra el líquido).

Esta es la famosa punción lumbar (por cortesía de A.D.A.M.)

Otros grupos de anestesistas han sido bastante escépticos respecto a esta contraindicación basándose en datos histológicos. En primer lugar, el riesgo de quistes epidérmicos no tendría por qué aumentar en estas pacientes, ya que, como hemos visto en la figura anterior, al cabo de unos meses la epidermis está libre de pigmentos. Por otro lado, también hemos comentado que el pigmento que es retenido en la dermis queda allí porque las células dérmicas lo han fagocitado (de modo que el pigmento es intracelular), así que si el sistema inmunológico reacciona a algo, debe ser a la introducción de células que están donde no deberían, no a un pigmento que no pueden detectar al localizarse intracelularmente.

Realmente, este riesgo es algo más bien teórico y no sabemos a ciencia cierta que pasa en la práctica diaria. Para curarnos en salud, las guías clínicas proponen pinchar una zona libre de tatuaje (si la hay), seleccionar espacios intervertebrales más bajos (como entre la última vértebra lumbar y el sacro), eliminar el tatuaje en la zona a puncionar a golpe de bisturí (esto es un más cruento y a la paciente no le va a hacer ninguna gracia) o simplemente evitar la punción lumbar.

2 dic. 2011

De trigo, ranas y conejas, ¿o cómo nos las arreglábamos sin los tests de embarazo?

Quizás se hayan vuelto más sofisticados, y algunos hasta te digan de cuantas semanas estás y te den la enhorabuena o el pésame según se tercie, pero quien crea que el método para detectar un embarazo es un invento novedoso de las últimas décadas se equivoca por completo.

La primera prueba de embarazo fue descrita por los egipcios en el Papiro de Berlín (datado en 1300 A.C.). La supuesta embarazada debía orinar sobre un puñado de semillas de trigo y otro de cebada. Si la cebada germinaba, era un niño. Si crecía el trigo, se trataba de una niña. Por bizarro que parezca, este método funciona en un 70 % de los casos, aunque no predice el sexo del feto. Hipócrates y el resto de escuelas médicas helénicas siguieron esas pruebas con algunas leves modificaciones.

Todos estos estudios se perdieron en parte durante la Edad Media, donde la medicina de los cuatro humores era la norma, de manera que la principal prueba para diagnosticar un embarazo se convirtió en la observación de la orina, sobre todo del color, por lo que algunos médicos (o físicos, que era el nombre que recibían los médicos medievales) eran llamados "profetas de la orina". Aunque la mayoría de las embarazadas, sin acceso a un médico, consultaban a curanderas o ancianas, dando lugar a teorías variopintas sobre la concepción. Y así se siguió durante siglos, observando la orina, añadiéndole alcoholes para ver si cambiaba de color y dando de comer a las embarazadas todo tipo de alimentos para ver si vomitaban. 

Hasta que el fisiólogo Ernest Starling descubrió unas ciertas secreciones internas originadas en las vísceras animales, a las que bautizó como hormonas. Y ya sabiendo que estas hormonas podían encontrarse en los fluidos corporales, incluida la orina, se empezó a experimentar con animales. Los primeros tests de embarazo del siglo XX consistían en inyectar orina en ratas y conejas no maduras sexualmente, para sacrificarlas al cabo de unos días y analizar los ovarios, que en caso de embarazo, aumentaban de tamaño. Esta técnica se refinó en 1939, de la mano de Lancelor Hogben, con la popular prueba de la rana, que estuvo vigente hasta finales de los 60. La inyección de orina de embarazada en una rana hembra provoca  que esta ponga huevos en 24 horas o que el macho eyacule en menos de tres horas, sin necesidad de matarlos.

Tanto la prueba del trigo, como la de los conejos y las ranas tienen algo en común con los tests que utilizamos hoy en día, la detección de la gonadotropina coriónica humana (hCG), que es una hormona producida por los tejidos del embrión implantado en el útero a partir del 6º día y por la placenta después, y que se expulsa por la orina de la embarazada. La hCG es capaz de inducir la ovulación y la maduración sexual en los animales, puesto que tiene una estructura muy similar a otras hormonas encargadas de la reproducción (la FSH y la LH).